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domingo, 28 de agosto de 2016

Un año con Zape

Hace un año que Zape llegó a casa. Recuerdo ese día perfectamente. Nos tocaba trabajar a todos de mañana y mi hermana, Andrea, venía de vacaciones a eso de las cinco. Estaba nerviosa en el trabajo, mirando cada dos por tres el reloj, deseando que las horas pasaran más rápido, aunque ya se sabe, que cuánto más rápido quieres que pase el tiempo, más lento parece.
Del trabajo me fui a casa a espera que se hiciera la hora de ir a buscar a mi hermana a la estación, y de ahí a buscar a Zape.
Cuando llegamos todos, Zape salió corriendo a recibirnos, nos llenó de lametones mientras movía el rabito, señal de que estaba contentísimo. Nos dijeron que cómo era una hora en la que hacía mucha calor, no podía ir andando, porque se quemaría las patas, y que teníamos que llevarlo en brazos. No lo pensé dos veces y lo cogí. Lo llevé hasta casa entre mis brazos con mucho cuidado, mientras mi hermana al lado mío, me agarraba del brazo, para evitar que me tropezara (a veces pasa), o sencillamente para hablarle a Zape, que estaba un poco asustadillo, porque él no había visto nunca la calle, ni los coches, ni tanta gente junta.
Llegamos a casa, y empezó a tranquilizarse. Ese día vino mi abuela y se lo ganó del todo con una chuche y un juguete con forma de hueso, que lo vuelve loco.

Recuerdo como los primeros días, Zape tenía miedo de dormir a oscuras, y se metía en cualquier rincón. Pero con nuestro cariño y amor, ese miedo fue pasando y tendríais que ver cómo duerme ahora...de todas las posturas, hasta tumbado boca abajo, la postura que llaman de "Superman"(no, no me la he inventado yo, esa postura existe).

Desde que llegó a nuestra vida, nos ha colmado de felicidad. No sabía lo que era querer tanto a un ser de cuatro patas, hasta que apareció nuestro cachorrín de ojos marrones y pelo dorado. No se le puede querer tanto, no, porque cómo he dicho en otras ocasiones, si se le quisiera más, creo que nos reventaría el corazón de puro amor. Para nosotros, Zape no es una mascota, es un miembro más de la familia.

Anda que no nos quedan momentos para vivir contigo, pequeñín.



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